REFLEXION INICIAL DE DAVID, DEL DEPARTAMENTO DE LENGUA Y LITERATURA ESPANOLAS, Y PRESTIDIGITADOR DE LAS PALABRAS.
JULIETA- [aparte] Sólo tu nombre es mi enemigo. Tú eres tú propio, no un Montesco pues. ¿Un Montesco? ¿Qué es esto? Ni es piano, ni pie, ni brazo, ni rostro, ni otro componente.¡Oh! ¡Sé otro nombre cualquiera! ¿Qué hay en un nombre? Eso que llamamos rosa, lo mismo perfumaría con otra designación. Del mismo modo, Romeo, aunque no se llamase Romeo, conservaría, al perder este nombre, las caras perfecciones que tiene. Mi bien, abandona este nombre, que no forma parte de ti mismo y toma todo lo mío en cambio de él.
ROMEO- [surgiendo de la espesura del jardín] ¡Te tomo la palabra! Llámame tan sólo tu amante y recibiré un segundo bautismo: de aquí en adelante no seré más Romeo.
Con estas palabras renuncia Romeo a su naturaleza anterior y declara el nuevo impulso que le da aliento a sus días. Es un acto de habla que encierra una declaración de amor y entierra el hacha guerrera que enfrenta a los Montesco con los Capuleto.
Según la teoría de los actos de habla de Austin y Searle, con el lenguaje no nos limitamos a designar la realidad: hablar equivale a actuar sobre el mundo y modificar el entorno; por medio de la palabra prohibimos, creamos, establecemos la paz o la destruimos; un gesto o una acción modifican el presente; el Verbo es capaz, además, de actuar sobre el pasado y sobre el futuro: se fabrica la Historia y se diseña el porvenir. En nuestras declaraciones, en nuestras palabras, se halla nuestra propia esencia y nuestro discurso equivale a -¡es!- nuestra identidad. En el fragmento de Shakespeare, Romeo, al decir “Llámame tan sólo tu amante y recibiré un segundo bautismo: de aquí en adelante no seré más Romeo” se modifica a sí mismo consagrando su existencia a la diosa Venus y, por lo que a sí respecta, cancela el odio entre las dos familias.
Quien se viste con la designación Montesco, o catalán, o don vive bajo el yugo de ciertas rivalidades impuestas; quien dice mío, está obligado a defender su propiedad; el que señala: “esta semana” o “ de aquí a aquí” establece una fragmentación en el continuo del espacio-tiempo. Así, desde los albores de la Humanidad, cada pueblo, cada raza, ha ido creando una realidad: las desinencias verbales (tiempo, aspecto y modo para los indoeuropeos) establecen el marco temporal en que nos movemos y la identidad dentro de la comunidad (persona y número); los sustantivos, la cualidad que consideramos inmanente de los objetos, y establecemos qué percibimos como unidad y dónde se hallan las fronteras y los límites, mientras que por los adjetivos referimos los aspectos cambiantes, heraclitianos del Universo. Después, con ayuda de las otras categorías gramaticales, construimos las relaciones entre los objetos: la causa y el efecto, la oposición, la sucesión, la salvedad, etc., hasta que con esta maquinaria estamos más o menos seguros de haber aprehendido la realidad.
Sin embargo, existen pruebas de que no hay una única cosmovisión, sino una sorprendente variedad de interpretaciones de la realidad que depende siempre de la lengua que hayamos mamado. A mí me gusta referir el caso de los indios Hopi de Norteamérica: en su lengua no existen ni la simultaneidad ni las nociones de presente, pasado y futuro. El sistema lingüístico que han heredado les dibuja el mundo en dos dimensiones: lo que está presente y lo que no, de manera que en sus vidas tanto cuenta el que murió como el que está por nacer, y lo mismo vale la ofensa pasada que la amenaza futura, o lo que me robaron como lo que he soñado.
Mientras Occidente trata de frenar el estrés escuchando del pensamiento zen que la vida es Aquí y Ahora, y lo demás no existe, y así tratamos de no pensar en el próximo concurso de traslados o en la novia que nos dejó, aunque en el fondo pensamos que el zen es un cuento chino, los hopi viven en una despreocupación que nos podría parecer irritante, irresponsable o ignorante. Pero el hecho es que el cuento de la lechera es un absurdo juego retórico para los hopi, más inclinados a la poesía que a los relatos moralizadores. Yo quiero ser hopi para abrirle la cabeza al enemigo cuando se presente y, mientras lo hace y no lo hace, despreocuparme como un Garcilaso en las amenas orillas cambiantes de un verde prado.
Y he aquí otra de mis referencias favoritas: decía Carlos V: “soy tantas veces hombre cuantas lenguas hablo”. Es decir, que su posición en el mundo, su planteamiento de la vida, la relación con la Naturaleza, con la sociedad, con las leyes o con la personalidad; con toda parcela del Universo que seamos capaces de designar, cambia al manifestarse por medio de un código u otro. Es conocida la clasificación del Emperador, según la cual el italiano serviría para tratar con los hombres y el francés para abordar asuntos amorosos, mientras que hacía del alemán el instrumento perfecto para comunicarse con los caballos y del español la lengua para hablar con Dios. Yo, por mi parte, veo el inglés como un código de conquista, agresivo y sometedor, en tanto que el alemán se me antoja perfecto para los artesanos y los teólogos , por su precisión y meticulosidad; el portugués es tan discreto y comedido que cuando lo utilizan los diplomáticos y embajadores parece que la paz, o al menos el cese de las hostilidades, es aún posible; el árabe, que sale desde dentro, me parece más apto para hablar con el Creador de lo que es el español, que reservaría para a novela y los ensayos, mientras que el italiano... el italiano... Guarda che c'è troppa bellezza nel italiano, il quale mi sa un pò di vento e un pò di poesia!
Y así sucesivamente: dele cada cual las connotaciones que le parezca a los más de seis mil idiomas que conviven en el mundo. Pero he aquí mi reflexión final: la lengua es la gran creación humana; el lenguaje discursivo, que es la característica exclusiva del género humano, se manifiesta en -otra vez- más de seis mil variedades casi equivalentes a seis mil universos. No sé quién decía que quien se queja de que el idioma nos limita y costriñe, como el agua que hace los movimientos del pez más lentos de lo que serían al aire libre, no se da cuenta de que, sin la pecera y sin el líquido elemento, la sardina no podría vivir, moverse ni manifestarse. La lengua es el contexto, el recipiente, el vehículo y la herramienta que nos sitúa en el mundo y nos permite ser lo que somos, aunque sea encarcelados. Suerte que son más de seis mil cárceles las que podemos transitar.
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